· Año: 2008
· País: EE.UU.
· Edad: Sin clasificar
· Valoración: 2
Los niños vienen al mundo con un pan en el sobaco y las secuelas, con una ristra de preguntas, por lo general capciosas: ¿era necesaria?, ¿está a la altura de sus antecedentes?, ¿aporta algo, además de dinero? Spielberg y Lucas son lo suficientemente listos como para que en ningún caso el público o la crítica les suspendan con un no rotundo y pergeñan justo lo que se esperaba de ellos, el entretenimiento puro, una montaña rusa con el peralte exacto para no despeñar a sus incondicionales, al igual que su héroe solo pierde el sombrero si el guión lo exige, como nuestras actrices la lencería en los setenta. Como es lógico, todo el asunto de la calavera no es más que el MacGuffin de unos tipos que han visto todo el cine que cabe detrás de unas gafas, la excusa con la que envolver este regreso nostálgico y tardío de un prejubilado. Y afortunadamente, cabe añadir. porque a este trío de sesentones (es curioso que Harrison Ford sea el mayor) no les interesan las intrigas "davincinianas", y su coqueteo con el presunto marciano de Rosswell es menos pretencioso que el teléfono de ET. Estos tíos solo buscan algo tan inocuo como multiplicar el consumo de palomitas en el planeta, aunque ya vendrá alguno que pretenda afearles su contribución al cambio climático, algún anacronismo histórico o cualquier otra mamarrachada.
Superada la fase hamletiana, multiplicada por trece calaveras (volver o no volver, esa era la cuestión), incondicionales, curiosos de nuevo cuño y meros partidarios pueden ir al cine con la seguridad de que Indiana Jones no es un ídolo con pies de barro. Sus aventuras pueden ser arqueológicas o no tan lógicas, pero el sentido del ritmo (y del humor) que sabe imprimir Spielberg debería impartirse como asignatura obligatoria en la Escuela Oficial de Qué Grande es el Cine Español. Y luego que cada uno haga la obra maestra que quiera. Ayudado por sus autolimitaciones tecnológicas (todo sea por preservar el buqué del látigo), el maestro vuelve a tirar del manual del perfecto cinéfilo para vestir con la mayor de las elegancias su castillo de naipes. Aquí colaboran todos: Shia LaBeouf demuestra más carisma del que sugería su aniñado aspecto, John Hurt no se viene abajo con un personaje tontorrón y Cate Blanchett se adapta a su disfraz y a su peluca con una disciplina soviética. Y al que no le guste Indy, que se dedique al cine indie, con perdón.
Ahora bien, que nadie espere grandes variaciones de una banda sonora que venía de fábrica, tan ajustada al personaje como su vestuario. Al igual que sería ridículo pretender salir del cine tambaleante, con esa sensación de haber asistido a un momento mágico que nos embargó a muchos en los primeros ochenta, sabedores de que nunca se había rodado nada igual. Hasta la forma de esquivar peligros es un continuo déjà vu de cosas que se desmoronan con una justicia poética que, desde luego, no se repiet fuera de la pantalla, sin aplastar nunca a los buenos. El mundo no es así, ya lo sabemos, pero ojalá.