· Año: 2008
· País: España
· Edad: Mayores de 18 años
· Valoración: 2
Lo mejor que se puede decir de esta película es que inyecta súbitamente en el espectador las ganas de sumergirse en el semisecreto mundo, poblado por máquinas de coser electrosexuales y dragos con las venas cortadas, imaginado por Óscar Domínguez a principios de siglo XX. Lo peor, que para esa zambullida sea estrictamente necesario salir del cine. Vamos, que si uno lo intenta lanzándose de bruces contra la gran pantalla, en plan acción surrealista, rebotará estrepitosamente dejándose alguna vértebra en el poético intento.
Vale que el séptimo arte "no es país para lienzos", exceptuando algunos brochazos aislados, clásicos y comunes, y eso que
Ed Harris instaló no hace mucho el modelo de biopic sobre artista tortuoso y maldito con "
Pollock". Sin embargo, la ópera prima del tinerfeño (paisano de Domínguez) Lucas Fernández no aspira a ser una biografía al uso, salpicada con pinceladas de la espuma de los días vanguardistas de la época (véase "
Frida"). En una decisión arriesgada pero fallida, el director incrusta en el cuadro un sfumato en forma de ficción intrigante con crisis femeninas y depredadores mercantiles de por medio.
Casi nunca logra ligar tal salsa coetánea con la biografía propiamente dicha de Domínguez, papel interpretado como buenamente puede por
Joaquim de Almeida, en otra decisión que riza el rizo: de acuerdo que el portugués guarda similitud física con un pintor a quien casi nadie "pone cara" pero, entonces, ¿por qué elegir para el breve personaje de Picasso a un actor con el magnetismo de un registrador de la propiedad, aunque sea calvo con camiseta a rayas? Quizá resulte chocante que una película sobre el surrealismo acabe haciéndose tan plomiza y aburrida, cuando no directamente ridícula, como la charlotada "pánica" en el manicomio o los marchantes de vodevil encarnados por
Toni Cantó y, arrea,
Caco Senante. Se salva por el pelos, o los morros, el publicitado besazo entre Abril y Suárez. Al menos, cada euro invertido (y son varios millones) se refleja fielmente en un diseño artístico magnífico, pero tampoco es buena señal cuando de un cuadro se valora más el marco que el contenido.