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· Año: 2007 · País: México · Edad: Mayores de 13 años · Valoración: 4 El director mexicano Carlos Reygadas se convertirá, para aquellos que asuman el riesgo de ver y entrar en esta película, en alguien único. De filmografía breve y perturbadora (sus dos películas anteriores, "Japón" y "Batalla en el Cielo", no se las recomendaría ni al confesor de Rasputín), aparece con esta tercera obra, "Luz silenciosa", que se hunde apasionadamente en la blandura de la carne, una pieza tan cuidada, tan hermosa y profunda, y de una trascendencia crucial en el alma descreída y petulante del hombre de hoy... El hilo tenso que la conecta con la obra maestra de Dreyer, "Ordet", sólo sirve para que nos ahorquemos con él quienes en alguna ocasión dudamos del talento de Reygadas por culpa de sus dos anteriores películas.
Sólo hay en "Luz silenciosa" momentos sublimes, desde el arranque -una escena larga, mágica, en la que la explosión de la naturaleza te indica el camino del temblor- hasta su clausura -el revés del comienzo, el lento fundido a negro de esa puesta en escena diaria del teatro de Dios-. La trama es de una sencillez evangélica: el dilema moral de un hombre casado que ama a otra mujer; pertenece a una comunidad religiosa muy estricta (los menonitas). No hay salida.
Del mismo modo tranquilo, majestuoso, gradualmente imperceptible con que el día desaloja del horizonte a la noche, Reygadas nos inyecta ese dilema tan común, pero en otro paisaje, otro mundo, otro idioma (una especie de dialecto del alemán)... Planos rotundamente quietos. Momentos serenamente pasionales... Algunas de las escenas más hermosas, conmovedoras e íntimas que se recuerdan (una, especialmente, al borde de una carretera y bajo la lluvia, la que precede al maravilloso proceso de "dreyerización" que tomará la película...), pero que necesitan, como es natural, del ímpetu emocional del espectador, de una entrega mayor de lo habitual, de más carne y más espíritu.
"Luz silenciosa" se completa de un modo milagroso emparejándose en un final que busca el mismo salitre moral y físico que el de Dreyer en "Ordet", que reta al espectador a discutírselo: ¿Acaso no te lo crees? Tras la visión lenta, plena, saturada de "Luz silenciosa", y tras comprobar que la noche siempre precede al día, ya puede uno hipar feliz.
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