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· Año: 2007 · País: Francia · Edad: Mayores de 13 años · Valoración: 2 El veterano y refinado Chabrol tiene una colección de películas tan larga que parece que se las "baje". Pero no, las hace él y generalmente sobre un molde al que ya todo el mundo considera "estilo" o "sello". Las películas de Chabrol dibujan a la burguesía de provincias, contienen algún misterio, incluso algún asesinato, revelan lo turbio de la naturaleza humana, tienen por lo general unas elegantes gotas de maldad..., en fin, ya es una mezcla de letanía y de definición de su cine. Ésta última, "La chica partida en dos", también: es tan suya que hasta alguno podría decir que está muy vista. La historia, en su esencia, la ha tomado de un viejo suceso (en el que se basó ya Richard Fleischer para hacer "La muchacha del trapecio rojo") en el que una joven es seducida por un viejo truhán, escritor de éxito y depredador por naturaleza, y al tiempo se enamora de ella un heredero joven, impresentable y con un cerebro liviano pero no sencillo... Chabrol mueve estas piezas para organizar su drama, con unos toques "melo", con habilidad convence al espectador de que esos personajes son imbéciles y lo contrario, y cuenta para ello con unos actores tan adecuados que casi no tiene mérito.
La mirada de Chabrol se concentra principalmente en ella, que interpreta la nueva bomba del cine francés, Ludivine Sagnier (en la de Fleischer era nada menos que una jovencísima Joan Collins), que engatusa a la cámara con la misma crema que al viejo y al joven, interpretados por un elegantoso Francois Berléand y por un chulángano Benoit Magimel. Tiene gracia que Chabrol consiga hacer una película tan perversa en su fondo y tan mojigata en su apariencia, y en la que todo el bizcocho de la excesiva relación sexual entre el viejo y la joven lo devore ese espacio tan francés llamado "espacio fuera de campo"... En cuanto a los desenlaces del filme, al menos los morales, en los que dibuja de un plumazo el cinismo de la burguesía, Chabrol resulta tan retorcido y malicioso como era de esperar. Y esta frase, como era de esperar, es precisamente la que hubiera podido ahorrar este folio, y ahorra de hecho los dos siguientes.
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