|
Escrito por Avelino FV
|
|
viernes, 18 de abril de 2008 |
|
· Año: 2007 · País: EE.UU. · Edad: Sin clasificar · Valoración: 4 En "Smoke" se liaba Wayne Wang unas hebras del azar de Auster y ahora, en "Mil años de oración", lo que hace el director chino es cultivar y juguetear en las cosas de la tierra con mano de tramador de bonsái, que es, en el fondo, el aspecto de esta película diminuta y majestuosa. Los ojos vivos e irónicos de un anciano de Pekín nos mostrarán un gajo de vida agridulce en un pequeño pueblo de los Estados Unidos, a donde ha ido (al enviudar) para ver a su hija, que trabaja allí de bibliotecaria.
Al tiempo que Wayne Wang cuenta una cálida y fascinante historia de desarrimo (lo de desencuentro ya no significa casi nada) entre padre e hija, nos imparte una clase magistral sobre el lenguaje, el idioma y la comunicación mediante algunas escenas tan sorprendentes como delicadas y guasonas entre ese viejo increíble (Henry O ganó de calle el premio de interpretación en el último Festival de San Sebastián) y una mujer iraní con la que comparte la soledad, la ironía y unas migajas de inglés en un banco en el parque... A veces, incluso, se hablan el uno al otro en sus propios idiomas, el chino y el farsí, con excelentes resultados en cuanto a comunicación.
Wang provoca a sus personajes para que rezumen humor y recelos, para que muestren sus raíces milenarias y sus guiños de última hora, ella instalada en la ruptura emocional y en la depresión del tormentoso Occidente y él como viejo comunista resabiado y depurado, que comparten esa nutritiva emotividad oriental alrededor de cuencos humeantes que devoran sin hablar, pero comunicándose y transmitiéndose sin que se oiga un pío; de un modo sereno y silencioso, exactamente igual que el que utiliza Wayne Wang para bordar su película.
Leer noticia original en: .
|