aarpc
Administrador
Guru
   
Karma: 35
Desconectado
Sexo:
 Spain
Mensajes: 6.672
3992.00 credits View InventorySend Money to aarpc
|
 |
« Respuesta #300 en: 19 de Enero de 2006, 08:54:07 » |
|
HISTORIAS Y CUENTOS DE GALICIA (Emilia Pardo Bazán)
El trueque
Al entrar en el bosque, el perro ladró de súbito con furia, y Raimundo, viendo que surgía de los matorrales una figura que le pareció siniestra, por instinto echó mano a la carabina cargada. Tranquilizóse, sin embargo, oyendo que el hombre que se aparecía así, murmuraba en ansiosa y suplicante voz:
-Señorito, por el alma de su madre...
Raimundo quiso registrar el bolsillo; pero el hombre, con movimiento que no carecía de dignidad, le contuvo. No era extraño que Raimundo tomáse a aquel individuo por un pordiosero. Vestía ropa, si no andrajosa, raída y remendada, y zuecos gastadísimos. Su rostro estaba curtido por la intemperie, rojizo y enjuto; y sus ojos llorosos, de párpado flojo, y su cara consumida y famélica, delataban no sólo la edad, sino la miseria profunda.
-¿Qué se ofrece? -preguntó Raimundo en tono frío y perentorio.
-Se ofrece..., que no nos acaben de matar de hambre, señorito. ¡por la salud de quien más quiera! ¡Por la salud de la señorita y del niño que acaba de nacer! Soy Juan, el tejero, que lleva una «barbaridá» de años haciendo teja ahí, en el monte del señorito...
Me ayudaba el yerno, pero me lo llevó Dios para sí, y me quedé con la hija preñada y yo anciano, sin fuerzas para amasar... Y porque me atrasé en pagar la renta, me quieren quitar la tejera, señorito..., ¡la tejera, que es nuestro pan y nuestro socorro...!
Raimundo se encogió de hombros, ¿Qué tenía que ver él con esas menudencias de pagos y de apremios? Cosas del mayordomo. ¡Que le dejasen en paz cazar y divertirse!... Lo único que se le ocurrió contestar al pobre diablo fue una objeción:
-Pero ¡si al fin no puedes trabajar! ¿De qué te sirve la tejera?
-Señorito, por las ánimas..., oiga la santa verdá... He buscado un rapaz que me ayuda, y ya lo tengo ajustado en cuatro reales..., y en poniéndonos a «sudar el alma», yo a dirigir, él a amasar y cocer, pagamos... allá para Año Nuevo..., la «metá» de la deuda. Yo no pido limosna, señor, que lo quiero ganar con mis manos... ¡Acuérdese que todos somos hombres mortales, señorito!, y que tengo que tapar dos bocas: la hija parida y el recien... La hija, por falta de «mantención», se me está quedando sin leche, señorito, porque en no teniendo, con perdón, que meter entre las muelas, el cuerpo no da de suyo cosa ninguna, ni para la crianza ni para el trabajo...
Impaciente, Raimundo fruncía el ceño; le estaban malogrando la ocasión favorable de tirar a las codornices; y al fin, él no sabía palotada de esas trapisondas. Hizo ademán de desviar al viejo, el cual continuaba atravesado en el camino, y refunfuñó:
-Bien, bien; yo preguntaré a Frazais... Veremos que me dice de toda tu historia...
¡A Frazais! ¡Al mayordomo implacable, al exactor, a la cuña del mismo palo, al que se reía de las necesidades, las desdichas y las agonías del pobre! La esperanza de Juan, el tejero, súbitamente, se apagó como vela cuando la soplan; reprimió un suspiro sollozante, una queja furiosa y sorda; alzó la cabeza, y apartándose sin decir palabra, caló el abollado sombrero y desapareció entre el castañar, cuyo ramaje crujió lo mismo que al paso de una fiera...
Vagando desesperado, sin objeto alguno, triste hasta la muerte, encontróse Juan, después de media hora, en el parque de la quinta, que lindaba con la tejera, y se paró al oír una voz fresca que gorjeaba palabras truncadas y cariñosas. Al través de los troncos de los árboles vio sentada en un banco de piedra a una mujer joven, dando el pecho a una criatura. Bien conocía Juan a la nodriza: era la Juliana, la de Gorio Nogueiras; pero ¡qué maja, qué gorda, que diferente de cuanto «sachaba» patatas ayudando a su marido! ¡Nuestra Señora, lo que hace la «mantención»! El seno que Juliana descubría, y sobre el cual caía de plano el sol en aquel instante, parecía una pella de manteca, blanca y redonda...
Y Juan, acordándose de que su hija se iba secando, oía con indescriptible rabia el «glu, glu...» del chorrito regalado de dulce leche que se deslizaba por entre los labios del pequeñuelo, el hijo del señorito Raimundo, y que le criaría unas carnes más rollizas aún que las de Juliana, unas carnes de rosa, tiernas como las de un lechoncillo...
Mientra Juan contemplaba el grupo, sintiendo tentaciones vehementes, absurdas, de salir y hacer «una barbaridá», para vengarse de los que no les importaban que reventasen los pobres; un hombre, un labrador, se deslizaba furtivamente hasta el banco donde Juliana daba el pecho. Juan le reconoció y comprendió: era el marido del ama, Gorio Nogueiras; y el no mostrar Juliana sorpresa alguna, y la expresiva acogida que hizo al recién llegado, le probaron que los cónyuges tenían por costumbre verse y hablarse así, a escondidas, en aquel retirado lugar.
Juliana, prontamente, había retirado el seno de los bezos del mamón, y, descubierta la diminuta faz de este, iluminada por el sol claro, Juan se sorprendió: el hijo del señorito Raimundo se asemejaba a su nieto, al nieto del tejero, como un huevo a otro; todos los niños pequeños se parecen; pero aquellos dos eran exactamente idénticos: los mismos ojos azulinos, la misma nariz algo ancha, la misma tez de nata de leche, la misma plumilla rubia saliendo de la gorra y cayendo en dos mechones ralos sobre la frente abultada.
¡Qué iguales los ricos a los pobres, mientras no empieza la «esclavitú» del trabajo y la falta de «mantención»! Juan, cavilando así, adelantó dos pasos para ver mejor; las hojas crujieron..., y Juliana y Gorio, espantados, se echaron de rodillas a punto menos, para rogarle por caridad que no los descubriese, que no contase que los había visto... ¡Hablar un marido con su mujer no es pecado ninguno, cacho! -exclamaba Gorio, interpelando al tejero para que le diese la razón-. ¿Cuándo se ha visto entre cristianos privar al marido de la vista de la mujer?
-No pasar cuidado -declaró Juan-; que por mí, ni esto han de saber los amos... Allá ellos que se «auden», que nós nos «audamos» también... No somos espías, hombre, ni vamos a echar a pique a nadie... ¡Ir yo con el cuento! Antes me corten el gañote... Y si queredes estar en paz y en gracia de Dios, yo vos llevo el chiquillo ahí a mi casa... Allí lo poderás recoger, Juliana, que te lo entretendremos... Ya sabes el camino; detrás de los castaños, tornando a la derecha...
-¿Y si llora la joyiña de Dios? -preguntó Juliana con la involuntaria e instintiva solicitud de la nodriza por el crío.
-Si llora, la hija mía le da teta... Criando está como tú... -respondió decisivamente el viejo Juan, en cuyos ojos lacrimosos y ribeteados lució una chispa de voluntad diabólica. Y cogiendo al niño cuidadosamente, meciéndole y diciéndole cosas a su modo, se alejó rápidamente, dejando a los esposos libres y satisfechos.
Tres cuartos de hora después, Juliana, sola, inquieta, muy recelosa de que al volver a casa le riñesen por la tardanza, pasó a recoger el niño en la casucha del tejero, mísera vivienda desmantelada, donde el frío y la lluvia penetraban sin estorbo por la techumbre a teja vana y por las grietas y agujeros de las paredes. No necesitó entrar: a la puerta, que obstruían montones de estiércol y broza, sobre los cuales escarbaban dos flacas gallinas, la esperaba ya el tejero con la criatura en brazos, arrullándola para que no lloriquease...
-¡Ay riquiño, que soledades tenía de mí; que mala cara se le «viró». ¡Si «hastra» más flaco parece! ¡Si a modo que se le cae la ropa! -chilló apurada la nodriza apoderándose del niño y apresurándose a desabrocharse para ofrecerle un consuelo eficaz de su momentáneo abandono...
-Ya se le «virará» buen color con el tiempo, mujer, ya se le «virará» -afirmó filosóficamente el viejo.
Y mientras la mujer, azorada, estrechando y alagando al angelito, corría en dirección a la quinta, Juan, el tejero, sonreía con su desdentada boca, y se restregaba las secas manos, pensando en su interior: A nosotros nos echarán y nos iremos por el mundo pidiendo una limosnita... pero lo que es el nieto mío, pasar no ha de pasar necesidá; y el hijo de los amos..., ese, que «adeprenda» a cocer teja cuando tenga la edá..., si llega a tenerla, que ¡sábelo Dios! En casa del pobre muérense los chiquillos como moscas...»
«Blanco y Negro», núm. 331, 1897
|
|
|
|
|
En línea
|
|
|
|
aarpc
Administrador
Guru
   
Karma: 35
Desconectado
Sexo:
 Spain
Mensajes: 6.672
3992.00 credits View InventorySend Money to aarpc
|
 |
« Respuesta #301 en: 24 de Enero de 2006, 08:15:12 » |
|
HISTORIAS Y CUENTOS DE GALICIA (Emilia Pardo Bazán)
«La Camarona»
Blandos marinistas de salón, que sobresalís en los «cuatro toques» figurando una lancha con las velas desplegadas, o un vuelo de gaviotas de blanco de zinc sobre un firmamento de cobalto; y vosotros, platónicos aficionados al deporte náutico, los que pretendéis coger truchas a bragas enjutas..., no contempléis el borrón que voy a trazar, porque de antemano os anuncio que huele a marea viva y a yodo, como las recias «cintas» y los gruesos «marmilos» de la costa cántabra.
¿Dónde nació la Camarona? En el mar, lo mismo que Anfítrite..., pero no de sus cándidas espumas, como la diosa griega, sino de su agua verdosa y su arena rubia. La pareja de pescadores que trajo al mundo a la Camarona habitaba una casuca fundada sobre peñascos, y en las noches de invierno el oleaje subía a salpicar e impregnar de salitre la madera de su desvencijada cancilla. Un día, en la playa, mientras ayudaba a sacar el cedazo, la esposa sintió dolores; era imprudencia que tan adelantada en meses se pusiera a jalar del arte; pero, ¡qué quieren ustedes!, esas delicadezas son buenas para las señoronas, o para las mujeres de los tenderos, que se pasan todo el día varadas en una silla, y así echan mantecas y parecen urcas. La pescadora, sin tiempo a más, allí mismo, en el arenal, entre sardinas y cangrejos, salió de su apuro, y vino al mundo una niña como una flor, a quién su padre lavó acto continuo en la charca grande, envolviéndola en un cacho de vela vieja. Pocos días después, al cristianar el señor cura a la recién nacida, el padre refunfuñó: «Sal no era menester ponérsela, que bastante tiene en el cuerpo.»
Los juguetes de la niña fueron «navajas», almejas y «berberechos», desenterrados en el arenal cuando se retiraba la marea; su biberón para el destete, la amarga «salsa»; su mayor recreo, que le permitiesen agazaparse en el fondo de la lancha cuando salía a la pesca del «Múgil» o a levantar los «palangres» que sujetan al congrio. A la escuela, ni intentaron llevarla, ni ella iría sino entre civiles: a la iglesia si que solía asistir, porque la gente pescadora ve tan a menudo cerca la muerte, que se acuerda mucho de Dios y la siente mejor que los labriegos y que los señores. Si los padres de la Camarona rezaban atropellado y mal, creían bien, y la chiquilla antes se deja quitar un ojo que el escapulario mugriento de Nuestra Señora de la Pastoriza.
¿Que quién le puso el apodo de la Camarona? No se sabe. Tal vez la llamaron así porque a los siete años vendía «pajes» de camarones, mientras su madre despachaba pesca de más valor; tal vez porque era bien hecha, firme y colorada como estos diminutos crustáceos (después de cocidos; no se figure algún malicioso que considero al camarón, si no el «cardenal», el «monaguillo» de los mares). Lo cierto es que Camarona fue para todo el mundo, y su verdadero nombre de Andrea, testimonio de la gran devoción que a San Andrés profesan los marineros, cayó tan en desuso, que no lo recordaba ella misma.
A los quince años la Camarona no quería salir de la lancha, donde ayudaba a su padre y hermanos en la ruda faena. Los hermanos, celosillos y burlones, la desviaban, la querían avergonzar. «Tú, a remendar las redes, papulita», decían intentando imponerse por la fuerza. «Eso vosotros, mariquillas», respondía ella, autorizando con un soberano remoquete su alarde de desprecio. Y agachaban la cabeza, por que la Camarona era, ya que no más forzuda, más arriscada y batalladora. Cuando otras hijas de pescadores se metían con ella, mofándose porque salía a la mar y remaba y cargaba las velas y agarraba la caña del timón, la Camarona sabía enseñar a aquellas mocosas cuántas son cinco... y a qué saben cinco dedos de una robusta mano, ya encallecida, aplicados con brío a las frescas carnazas de una moza insolente...
Vinieron las quintas y se llevaron a dos hijos del pescador; casóse otro, y por intrigas de su mujer riñó con los padres, y ahí tenéis como la Camarona quedó sola para remar, ayudando al patrón, ya viejo, en la lancha desbaratada por los golpetazos y las «crujías». Hubo que contratar a un marinero dándole parte en lances y ganancias..., y el mozo, que se llamaba Tomás, empezó a suspirar profundo cada vez que miraba a la Camarona inclinada hacia el remo y enarcando el brazo para pujar firme.
Hay que advertir que la Camarona era entonces un soberbio pedazo de chica. Imaginadla, ¡Oh, pintores!, con su cesta de sardinas en equilibrio sobre la cabeza; su saya corta de bayeta verde, que en la cadera forma un rollo; sus ágiles y rectas piernas desnudas: su gran boca bermeja, como una herida en un coral, sus dientes blancos y lisos a manera de guija que las olas rodaron; sus negros ojos pestañudos, francos, luminosos; su tez de ágata bruñida por el sol y la brisa de los mares. La salud y la fuerza rebrillaban en sus facciones y se delataban a cada movimiento de su duro cuerpo virginal. Así es que no era únicamente Tomás el marinero quien por ella suspiraba. También la perseguía Camilito, hijo mayor de la fomentadora, dueña de la fábrica de conservas. Cada vez que la Camarona iba a llevar a la fábrica un cesto de calamares, salía el mozalbete a recibirla, y, arrinconándola en una esquina del cobertizo donde se deposita la pesca, le decía vehementes palabras, le echaba flores, le ofrecía regalos y dinero, sin obtener más que risas y rabotadas, cuando no algún soplamocos que le dejaba perdido de escama de sardina.
Un día la madre de la Camarona llamó a su hija y le dijo con misterio:
-Se nos ha entrado la fortuna por las puertas, rapaza.
-¿Pues qué hay? -contestó ella desdeñosamente.
-Que te quiere don Camiliño.
-Para hacer burla de mí.
-No panfilona... Para se casar.
-Pues dígale que no tengo ganas. ¡Ahora, eso! Camarona nací y Camarona he de morir. Otras que la echen de señoras. A mí, si me hacen fondear en una sala, a los dos meses me entierran.
-Dice que te pondrá coche, animala, bruta -gritó enfurecida la madre.
-Mientras no me ponga un barco... -replicó, impávida, la Camarona, ignorando que al expresar este deseo se confirmaba a los últimos decretos de moda y lujo. El yacht propio.
Tanto persiguieron y apretaron los codiciosos padres a la Camarona para que aceptase la suerte y las riquezas de don Camilito, que la moza, incapaz de resignarse, adoptó un recurso heroico. Ella misma se explicó con el encogido de Tomás, que no le gustaba ni pizca, pero que al fin era cosa de mar, un pescador como ella, empapado en agua salobre y curtido por el aire marino, que trae en sus ondas vida y vigor. Y se casaron, y la pareja de gaviotas se pasa el día en la lancha, contenta, porque al ave le gusta su pobre nido. El hijo que lleva en sus entrañas la Camarona no nacerá en el arenal, como nació su madre, sino a bordo.
«Blanco y Negro», núm. 253, 1896.
|
|
|
|
|
En línea
|
|
|
|
aarpc
Administrador
Guru
   
Karma: 35
Desconectado
Sexo:
 Spain
Mensajes: 6.672
3992.00 credits View InventorySend Money to aarpc
|
 |
« Respuesta #302 en: 09 de Agosto de 2006, 08:41:31 » |
|
LOS SEIS JIZOS Y LOS SOMBREROS DE PAJA
Fabula japonesa:
Erase una vez un abuelito y una abuelita. El abuelito se ganaba la vida haciendo sombreros de paja. Los dos vivían pobremente, y un año al llegar la noche vieja no tenian dinero para comprar las pelotitas de arroz con que se celebra el Año Nuevo. Entonces, el abuelito decidió ir al pueblo y vender unos sombreros de paja. Cojió cinco, se los puso sobre la espalda, y empezó a caminar al pueblo.
El pueblo caía bastante lejos de su casita, y el abuelito se llevó todo el día cruzando campos hasta que por fin llegó. Ya allí, se puso a pregonar: " ¡Sombreros de paja, bonitos sombreros de paja! ¿Quién quiere sombreros?"
Y mira que había bastante gente de compras, para pescado, para vino y para las pelotitas de arroz, pero, como no se sale de casa el dia de Año Nuevo, pues, a nadie le hacía falta un sombrero. Se acabó el día y el pobrecito no vendió ni un solo sombrero. Empezó a volver a casa, sin las pelotitas de arroz.
Al salir del pueblo, comenzó a nevar. El abuelito se sentía muy cansado y muy frío al cruzar por los campos cubiertos ahora de nieve. De repente se fijó en unos Jizos, estatuas de piedra representando unos dioses japoneses. Habia seis Jizos, con las cabezas cubiertas de nieve y las caras colgadas de carámbanos. El viejecito tenía buen corazón y pensó que los pobrecitos Jizos debian tener frio. Les quitó la nieve, y uno tras uno les puso los sombreros de paja que no pudo vender, diciendo: " Son solamente de paja pero, por favor, aceptenlos...: Pero solo tenia cinco sombreros, y los Jizos eran seis. Al faltarle un sombrero, al último Jizo el viejecito le dió su propio sombrero, diciendo: "Disculpeme, por favor, por darle un sombrero tan viejo ." Y cuando acabó, siguió por entre la nieve hacia su casa.
El abuelito llegaba cubierto de nieve. Cuando la abuelita le vió así, sin sombrero ni nada, le pregunto que qué pasó. El le explicó lo que ocurrió ese día, que no pudió vender los sombreros, que se sintió muy triste al ver esos Jizos cubiertos de nieve, y que como eran seis tuvó que usar su propio sombrero.
Al oir esto, la abuelita se alegró de tener un marido tan cariñoso: "Hicistes bien. Aunque seamos pobres, tenemos una casita caliente y ellos no." Abuelito, como tenía frio, se sentó al lado del fuego mientras abuelita preparó la cena. No tenían bolitas de arroz, ya que abuelito no pudo vender los sombreros de paja, y en vez comieron solamente arroz y unos vegetales en vinagre y se fueron a cama tempranito.
A la media noche, el abuelito y la abuelita fueron despiertos por el sonido de alguien cantando. A lo primero, las voces sonaban lejos pero iban acercandose a la casa y cantaban: "¡Abuelito dió sus sombreros A los Jizos todos enteros Alijeros, a su casa, alijeros!"
El abuelito y la abuelita estaban sorprendidos, aún más cuando oyerón un gran ruido, "¡Bum!" Corrieron para ver lo que era, y vaya sorpresa les dío al abrir la puerta. Paquetes y paquetes montados uno sobre otro, y llenos de arroz, vino, pelotitas de arroz, decoraciones para el Nuevo Año, mantas y quimonos bien calientes, y muchas otras cosas. Al buscar quien les había traido todo esto, vieron a los seis Jizos, alejándose con los sombreros de abuelito puestos. Los Jizos, en reconocimiento de la bondad del abuelito, les habían traido estos regalos para que los abuelitos tuvieran un prospero Nuevo Año.
|
|
|
|
|
En línea
|
|
|
|
aarpc
Administrador
Guru
   
Karma: 35
Desconectado
Sexo:
 Spain
Mensajes: 6.672
3992.00 credits View InventorySend Money to aarpc
|
 |
« Respuesta #303 en: 16 de Agosto de 2006, 05:49:18 » |
|
Cuento cubano
Mascapiedras
Decían que Mascapiedras cogía las piedras del piso, se las metía en la boca, y las devolvía al suelo hechas polvo.
En todas las ciudades, grandes y pequeñas, siempre hay personas que se roban la popularidad, y hasta cierto punto el cariño de todos. Los mendigos son buenos candidatos en tal certamen. Buenos también son aquellos que en su afán de lograr alguna hazaña, a veces sin mucha explicación para los que se creen cuerdos, corren, o cantan, o hacen lo que su imaginación les indique, todo el día, sin cesar. Muy en especial se les toma a los que por su naturaleza tienen el físico, o el entendimiento, distinto a los demás. Y así, en todas partes siempre hay alguien, por lo general sin proponérselo, que llega a ser la celebridad del pueblo.
La ciudad paternal nuestra, San Juan de los Remedios, o simplemente Remedios, tenía varias personas de grata popularidad. Siendo una ciudad cubana, se mantenía la costumbre de la isla al apodar a sus ciudadanos peculiares. La práctica común era dejar el nombre de pila y cambiar el apellido por la característica propia de la persona. Si en un pueblo había un señor llamado Jesús, al que le faltaba un brazo, muy probable le llamaran Jesús, o Chucho, el Manco. No demostraba falta de respeto, simplemente era más fácil identificarlo así. Y como el señor Jesús sabía que no era a mal, más bien por cariño, no se ofendía.
En algunos casos se hacía lo contrario. Se le apodaba el nombre y el apellido permanecía, como en el caso del Andarín Carvajal. Pero por lo general, siempre se le unía al apodo el nombre o el apellido. De tal forma, en caso de que hubieran dos personas con incapacidad al caminar en el mismo pueblo, se les podían distinguir llamándoles Pepé el Cojo y Perico el Cojo.
En Remedios vivió un personaje que sólo necesitaba el apodo. Es más, nunca oímos a nadie referirse a él por ningún otro nombre, y todo el pueblo le conocía. A tal señor se le llamaba Mascapiedras. Porque en toda Cuba, que nosotros sepamos, sólo ha habido una persona con una dentadura tan prodigiosa como la de este señor.
Fueron muchos los relatos que oímos de Mascapiedras, y muchas personas afirmaban que sí mascaba las piedras. No sabemos hasta que punto creer tales cuentos. Pero sí tomamos por verídicos que pelaba con los dientes la caña de azúcar antes de comérsela. Y también cierto es que en una ocasión tomo un garrafón de cristal, de los que se usan para el agua, y de una mordida le partió el pico. Empezó a mascar. Momentos más tarde, expulsó hecho polvo de cristal lo que había sido la boca del botellón.
Esa es la historia que todo remediano conoce. Pero nosotros, como muchachos intranquilos que éramos, indagamos más en la vida de nuestro admirado héroe. Y nuestros abuelos, que sabían que con cuentos de calle no nos convencían, ejercitaban sus memorias para que no molestáramos más. Eventualmente nos contaban detalles, que cuando salían a relucir en las tertulias familiares y de amigos, muchos recalcaban como cierto.
Mascapiedras era un señor negro. De talla alta y dimensiones corpulentas. Nos contaban que era una persona de carácter muy respetuoso. Y también muy respetado, no tanto por su fuerza física, sino por su personalidad seria y caballerosa. Nos dijeron que cuando caminaba por las calles de Remedios cantaba en voz baja y ronca. Y los niños le tenían terror, los jóvenes y adultos mucha estimación.
Su origen no se nos fue nunca definido con claridad. Tal vez haya nacido en Remedios, o tal vez no. Lo que sí sabemos es que nació en tiempo de la colonia, muy posible bajo la esclavitud. Ya cuando nosotros llegamos a tener uso de la razón, por allá por el año 1960, ya había fallecido hacía algún tiempo.
Mascapiedras era sepulturero y dormía en el cementerio. Su cama era la camilla donde se tendían los difuntos para hacerle la autopsia. Y esto sí lo creemos a plenitud, porque nos lo dijeron personas de una seriedad absoluta. En varias ocasiones se dio el caso en que tenían que esperar hasta el otro día para poder sepultar al cadáver. Esas noches, Mascapiedras durmió en la misma camilla donde descansaba el cuerpo sin vida. Dicen que acomodaba a su compañero a lo largo de una mitad y él se acostaba en la otra. Entonces, antes de cerrar los ojos, siempre con las mismas frases, aclaraba las reglas de la casa. - “Hermano, usted en su lado y yo en el mío. Si usted no me molesta, yo no le molesto. Buenas noches.” -
|
|
|
|
|
En línea
|
|
|
|
aarpc
Administrador
Guru
   
Karma: 35
Desconectado
Sexo:
 Spain
Mensajes: 6.672
3992.00 credits View InventorySend Money to aarpc
|
 |
« Respuesta #304 en: 16 de Agosto de 2006, 06:00:43 » |
|
La ventana del diablo (CUENTO NAVARRO) «La peña de la mujer» tiene unos ciento cincuenta metros de altura. Es una verdadera pared: lisa y delgada. Nadie ha sido capaz de escalarla.
Debajito del alero, presenta una ranura rectangular llamada desde tiempo inmemorial «la ventana del diablo».
Muchas historias se cuentan de ella.
Cuando el camino del puerto era paso de viajeros y caballerías, todos temían pasar por ese lugar. Allí vivía un diablo que se asomaba a la ventana al anochecer y con una voz ronca y tenebrosa insultaba y amenazaba a los transeúntes.
—¡Si bajo, os machacoooooooooo!.. —gritaba el diablo colgado de la ventana.
Que se conozca, nunca bajó. Pero en la noche, el eco de sus gritos infernales entre las peñas y las cabriolas que hacía, atemorizaban a los viajeros y caballerías. Más de una vez, caballo y caballero rodaron por los cascajales.
Con el tiempo, estos aprendieron a ganarse la benevolencia del diablo. Al pasar delante de la peña, se detenían y le dirigían las siguientes palabras:
—Diablo de peña blanca, ¡déjanos pasar! Que somos de Torralba y vamos a Santa Cruz a comprar.
No se sabe si por la actitud sumisa de los viajeros o por lo de «Santa Cruz» el diablo dejaba de insultar y de amenazar y se dedicaba a hacer las más extrañas y difíciles cabriolas colgado de la ventana. Los viajeros aprovechaban entonces para escapar monte abajo.
Al desaparecer las Ferias de Santa Cruz, el camino del puerto quedó desierto. Desde hace mucho tiempo no se ha vuelto a saber nada del diablo. Allí queda solamente la ventana para recuerdo y comentario de la gente.
Al pasar por aquel lugar, no olvidéis hacer la señal de la cruz.
|
|
|
|
« Última modificación: 16 de Agosto de 2006, 06:09:50 por aarpc »
|
En línea
|
|
|
|
aarpc
Administrador
Guru
   
Karma: 35
Desconectado
Sexo:
 Spain
Mensajes: 6.672
3992.00 credits View InventorySend Money to aarpc
|
 |
« Respuesta #305 en: 16 de Agosto de 2006, 06:06:25 » |
|
El milagro de la Virgen de Codés (CUENTO NAVARRO)
La Virgen de Codés no siempre estuvo en el lugar que conocemos hoy. En una época muy lejana, los vecinos de Torralba quisieron tenerla más cercana y construyeron una ermita a la altura del «dueso», un poco antes de los pinos. El lugar actual les parecía muy alejado y peligroso a causa de los robos que hubo en más de una ocasión.
Los albañiles del pueblo se encargaron de la construcción. Acarrearon piedra del monte y, con la colaboración de todos, pronto estuvo terminada la nueva ermita.
Un buen día de septiembre, cuando ya las cosechas estaban recogidas, subió en procesión todo el pueblo de Torralba a Codés y bajaron a la Virgen a su nueva casa. Carretera arriba, la iglesia de Torralba lucía sus mejores galas: los pendones de las tres cofradías, las andas recién pintadas y un ciento de docenas de cohetes. Fue una jornada de regocijo y de fiesta. Nunca como ahora, la Virgen les pareció más guapa y cariñosa. Su manto cuidaría de los campos, de los enfermos y de las familias de Torralba.
Los pueblos vecinos no vieron con buenos ojos que los de Torralba mudaran de su lugar a la Virgen. Codés pertenece a todos, decían. El que la ermita esté en su adjudición no les da derecho a mandar en ella. Y hubo quienes dijeron que la Virgen castigaría al pueblo por entrometido e irrespetuoso.
Terminada la fiesta con el rezo solemne del Rosario, los de Torralba regresaron al pueblo, quemando los últimos cohetes.
A la mañana siguiente, la noticia voló por las calles, las huertas y los campos. La Virgen no estaba en la ermita. Así lo decían, y era cierto, los labradores que habían ido a trabajar por los alrededores.
Los cofrades regresaron a toda prisa con sus carros y bueyes y salieron a buscarla.
Antes del mediodia, la encontraron en la antigua ermita, sobre el trono que había ocupado desde siempre.
Mucho se discutió en el pueblo sobre lo ocurrido y las opiniones se dividieron. Algunos decían que se trataba de una mala jugada de los pueblos vecinos, envidiosos de Torralba. Otros, los menos, afirmaban que era cosa de la Virgen por haberla sacado de su lugar preferido. Que la dejaran allá, que allá bien estaba. Y hasta alguna vieja murmuró por lo bajo que la Virgen de Codés no quería entrar en competencia con la Virgen de Bañano.
Se reunió la Junta de cofrades para tomar una decisión. Por unanimidad se aprobó que se bajara la imagen a la nueva ermita.
Así se hizo.
Pero a la mañana siguiente la Virgen apareció otra vez en el lugar de siempre.
Los cofrades resolvieron sin mayor discusión bajarla de nuevo y vigilar día y noche el lugar.
Todo se hizo como otras veces. Pero esa misma noche la Virgen burló la presencia de los vigilantes y se fue a la antigua ermita. Estos no sabían qué había ocurrido, ni cuándo o cómo había desaparecido la imagen. Juraron ante la Junta de cofrades que habían guardado bien la puerta toda la noche y que, sin embargo, no habían visto nada.
—¡Milagro! —gritó uno de los cofrades.
—¡Milagro! —contestaron los demás a coro.
—¡Milagro! —se oyó por la calle Mayor y los arrabales. —La Virgen de Codés ha hecho un milagro.
El cierzo de la peña se llevó la voz río abajo hasta Torres, saltó al valle de La Berrueza y a Santa Cruz de Campezu, cruzó la sierra y corrió hacia las orillas del Ebro.
Torralba comprendió que la Virgen no aprobaba lo que habían hecho. Organizaron una procesión de penitencia y subieron a pedirle perdón. Fue un día triste y doloroso.
La nueva ermita quedó abandonada. La lluvia, el viento y la nieve acabaron con ella en poco tiempo. Sólo está en pie uno de sus pilares. Nadie ha podido tirarlo. Seguro que la Virgen lo mantiene así como recuerdo y aviso para todos nosotros.
|
|
|
|
« Última modificación: 16 de Agosto de 2006, 06:10:20 por aarpc »
|
En línea
|
|
|
|
aarpc
Administrador
Guru
   
Karma: 35
Desconectado
Sexo:
 Spain
Mensajes: 6.672
3992.00 credits View InventorySend Money to aarpc
|
 |
« Respuesta #306 en: 16 de Agosto de 2006, 06:11:32 » |
|
El cura de Toledo Había una vez un cura muy tonto, muy tonto. No sabía predicar decir Misa, ni nada.
Todo un año estuvo preparándose el pobre para decir la Primera Misa. Cuando llegó la hora, se equivocaba en todo y no daba una en el clavo. Los sacerdotes que le acompañaban le indicaban las cosas, pero él tropezaba a cada rato.
Llegó el momento de la Consagración y sus acompañantes se arrodillaron. Pero el Misacantano, profundamente inclinado sobre el altar, no hacía ni decía nada. Entonces uno de los acompañantes levantó la cabeza y dijo:
—Vamos, Don Tomás, ¿qué haces? Alza ya, alza.
Pero el Misacantano ni alzaba ni se movía.
—Vamos, hombre, que alces, que ha llegado al hora de alzar.
El Misacantano alzó una pata.
—Pero chico, ¿qué haces? Qué haces, te digo.
¡Qué va! El pobre cura ni oía, ni entendía, ni sabia qué tenía que alzar. Y alzó la otra pata.
—Pero, Don Tomás, ¡qué te pasa, hombre! ¡Qué estará pensando la gente!
—Pero, ¿qué alzo? —preguntó completamente aturdido y nervioso.
—¡La Hostia, hombre! ¡Qué vas a alzar!
—¿La Hostia? ¡Si me la he comido!
—¿Qué te la has comido? ¡Pues buena la has hecho!
—Y ahora, ¿qué hago?
—Que... ¿qué hago? Pues nada. Termina la misa y se acabó. Di que la misa ha terminado.
Entonces, el Misacantano se volvió y dijo:
—Yo me voy a Toledo. ¡Y ahora mismo!
Por Dios, ¡qué curas más tontos que hay!
|
|
|
|
|
En línea
|
|
|
|
aarpc
Administrador
Guru
   
Karma: 35
Desconectado
Sexo:
 Spain
Mensajes: 6.672
3992.00 credits View InventorySend Money to aarpc
|
 |
« Respuesta #307 en: 16 de Agosto de 2006, 06:13:52 » |
|
La caza del moro(CUENTO NAVARRO)
—¡Viva San Juan!
¡Viva San Juan y San Juanillo!
—¡Viva San Juan de Torralba!
Víspera de San Juan. Tarde larga y ancha sobre los campos de Torralba. Suenan gritos de fiesta desde «los valles» hasta la cresta de Figueras.
—¡Viva los Cofrades de San Juan!
La tarde de siega y guadaña convoca a la fiesta. Repique de campanas cohetes, música y vivas al Santo Patrón. Los cofrades se reúnen en la cas del Abad.
—¡Viva San Juan!
—¡Viva el Abad!
____________________________
Una madrugada de San Juan, hace muchos años, el pueblo de Torralba vivió una jornada memorable. Un grupo de hombres armados de lanzas, hachas, horcas y bastones, apresó al «moro» que asolaba los campos, lo rebaños, las huertas y frutales.
No se sabe de dónde vino él y los suyos. Vivía en «la cueva del moro», bien escondida detrás de «la era del castillo» frente al valle de La Berrueza. En «la peña de la Concepción» estaba su atalaya, en un lugar casi inaccesible sobre rocas cortadas a pico, mirador abierto a todos los vientos, a todos los caminos y pueblos de La Berrueza y del valle de Aguilar. Todavía hoy puede verse sobre una de las rocas los poyos en que descansaba el yugo de la campanilla que llamaba a las huestes del moro cuando el peligro amenazaba por los cascajales.
Su campo de acción y de rapiña eran los frutos y ganados de Torralba, Azuelo, Espronceda y Otiñano. De noche o de madrugada, se hacían dueños de las mieses segadas, de los rebaños que dormían en el monte, de las huertas y gallineros cercanos al pueblo.
Un día de junio, los hombres de Torralba se juntaron en el ayuntamiento para tratar el caso. Había que poner coto a los desmanes del moro. Había que darle caza y ahorcarlo.
Un grupo de voluntarios juraron no dormir en casa hasta terminar con él y sus fechorías.
Apostados sobre el camino de las huertas cerradas, los hombres pasaban las noches al sereno, esperando la llegada del moro.
La noche de San Juan era de fiesta en todos los pueblos de la comarca. El alguacil de Torralba, como todos los años, bajó del monte un buen carro de leña y de ollagas. Al anochecer, se encendía la hoguera en «la plaza de los olmos» y el ayuntamiento invitaba a todos los vecinos a vino, aceitunas y queso de cabra. Cuando ya se habían vaciado varios garrafones de vino, comenzaba «el brinco de la hoguera». Los más valientes, o los de piernas más largas, o los mejores bebedores de vino, desafiaban las llamas primero y luego el rescoldo de la hoguera lanzándose de una a otra orilla. Más tarde, tenía lugar lo mejor de la noche: «el juego del Catafú». Uno de los mozos más fuertes agarraba un pino completo de la hoguera y todos los demás formaban hilera tras él con los pantalones de pana «arremangaos».
—El Catafú que te quemo que te voy a abrasar —vociferaba amenazante dando vueltas en torno a la hoguera.
De repente, Catafú maniobraba el pino encendido hacia su izquierda y toda la hilera de piernas se apartaba hacia la derecha. Un descuido y cualquiera podía recibir un tizonazo mayúsculo. Catafú seguía sus diabólicas rondas en torno a la hoguera. Cuando menos lo esperaban, realizaba la maniobra más peligrosa: dirigía el pino hacia su derecha y toda la hilera tenía que correrse hacia la izquierda, hacia la hoguera. No había más remedio que saltar el rescoldo o las llamas, y más de tres caían de culo o de espaldas, o la cruzaban pisando entre las ascuas de fuego. Desde las murallas, el pueblo entero festejaba el juego del Catafú.
El moro y los suyos conocían la fiesta, y más tranquilo que nunca, bajó de su cueva camino de los gallineros de Torralba. Nadie había visto su cara porque siempre la llevaba cubierta con yerbajos. Alguno del pueblo que lo había visto de cerca afirmaba que era un moro.
Al tomar el camino de las huertas, los hombres se lanzaron sobre ellos desde todas las direcciones al grito de «al moro», «al moro». Este y sus acompañantes quedaron encajonados entre las tapias del camino. La mitad de los hombres buscaron al jefe y consiguieron apresarlo. Los demás persiguieron a sus secuaces hasta la cuesta de San Juan.
Dice la tradición que, cuando el moro estaba ya en poder de los torralbeses, logró zafarse y huir por entre los matorrales. La persecución duró más de dos horas, pero al fin se rindió, muerto de sed y de cansancio en «la balsa». Alguien fue a buscar un buen ramal para maniatar al bandolero, no fuera a escapárseles otra vez. Entre tanto, pasaron lista y, al ver que no faltaba nadie, se pusieron a bailar de contentos en honor de San Juan y de la victoria obtenida.
El pueblo estaba desierto cuando regresaron con el moro. Al grito de ¡Viva San Juan! cruzaron el arrabal de la Cruz, subieron por el portal, recorrieron la calle Mayor y desembocaron en la plaza de los olmos. La hoguera alentaba todavía, y todavía quedaban unos tragos de vino en los garrafones, que todos empinaron entre vivas a San Juan, insultos al moro y una docena de juramentos.
A medio día, el pueblo se reunió en la plaza para juzgar al reo. El juez leyó la sentencia: muerte para el ladrón de rebaño y de cosechas. El moro fue ahorcado allí mismo.
Por la tarde, todos los vecinos asistieron a Vísperas solemnes en honor de San Juan, y de allí salieron hacia la balsa, donde los hombres bailaron ayudándose de las armas que habían empleado por la mañana. (Este es el origen del «baile de la balsa»). Luego, el alcalde decretó fiesta para el día siguiente.
Los hombres que habían participado en la captura del moro formaron la Cofradía de San Juan con su Abad al frente. Este conservaría una bella lanza como signo de autoridad, y los cofrades, un bastón en recuerdo de la hazaña y de las armas utilizadas.
|
|
|
|
|
En línea
|
|
|
|
aarpc
Administrador
Guru
   
Karma: 35
Desconectado
Sexo:
 Spain
Mensajes: 6.672
3992.00 credits View InventorySend Money to aarpc
|
 |
« Respuesta #308 en: 09 de Marzo de 2007, 12:04:30 » |
|
En un pueblo de Alicante llamado Planes existe la leyenda de la encantada.
L'encantà
Van cayendo las aguas al barranco llamado l'encantà, donde hay una piedra circular de unos cinco pies de diámetro, que en forma de ventana cerrada se ve en la garganta del barranco a 20 pies sobre el nivel de las aguas, se dice que es la entrada de una cueva en la que los moros encerraron sus tesoros y a una doncella que encantaron para protegerlos y que se dice que cada 100 años se aparece.
Un leñador un día se la encontró y ella le preguntó: - ¿Qué deseas más, este collar de plata con diamantes y rubís o a mi?
El leñador le contestó: - Deseo el collar.
Entonces ella le contestó: - ¡Siempre serás desgraciado! en aquellos peñascos de allá arriba tengo un palacio encantado, nunca serás feliz, si me hubieras elegido a mí, la fortuna que tengo allí seria para nosotros dos.
|
|
|
|
|
En línea
|
|
|
|
aarpc
Administrador
Guru
   
Karma: 35
Desconectado
Sexo:
 Spain
Mensajes: 6.672
3992.00 credits View InventorySend Money to aarpc
|
 |
« Respuesta #309 en: 28 de Octubre de 2007, 10:11:04 » |
|
Halloween- el 31 de octubre -
El origen del Halloween es druida, aunque su nombre es cristiano: se deriva de All Hallows E'en o víspera del día de Todos los Santos. Las costumbres tuvieron su origen en las celebraciones de año nuevo de los druidas y los romanos. Como en otros festivales de año nuevo, en esta fecha los muertos volvían a estar entre los vivos. Los druidas hacían sacrificios humanos y de animales, quemando estos útimos en jaulas. En la Edad Media todavía se quemaban gatos negros por creerlos amigos de las brujas.
En Estados Unidos comenzaron a celebrar esta fecha las pequeñas comunidades de irlandeses católicos a mediados del siglo XIX.
Las calabazas cortadas en forma de caras grotescas e iluminadas con velas por dentro, se originaron en los juegos de los niños irlandeses quienes usaban papas y nabos para tal fin. El nombre de estas calabazas, jack-o'-lantern, se deriva de la leyenda de un borracho llamado Jack, quien con trucos logró que el diablo le prometiera no volver a perseguir su alma. Según la leyenda, al morir no lo dejaron entrar al cielo por tacaño y sediento, así que tuvo que irse al infierno y el diablo lo condenó a vagar por el mundo hasta el día del Juicio Final. El diablo le tiró un carbón encendido para que pudiera ver en la oscuridad, y Jack lo puso dentro de un nabo que se había estado comiendo
|
|
|
|
|
En línea
|
|
|
|
|