· Año: 2007
· País: EE.UU.
· Edad: Mayores de 13 años
· Valoración: 3
No se prodiga demasiado el director de "
Magnolia" y "
Boogie Nights", pero cuando se pone el mono de trabajo (y el de artista), hay que admitir que se entrega a fondo.
Paul Thomas Anderson agarra la novela de Upton Sinclair, se supone que por las solapas, y se zambulle en ella de cabeza sabedor de que
Daniel Day-Lewis es el mejor socorrista posible, capaz de agitar las aguas más mansas con la mera intensidad de su mirada. El actor da vida a un petrolero extraído a sí mismo, un hombre que aprende a odiar a sus semejantes en la escuela de la vida. La cinta es un clásico en su concepción y hasta en su ejecución, con escenas tan grandiosas como la del accidente del pozo o la del bautizo, en la que
Paul Dano, el hermano de "
Pequeña Miss Sunshine", se atreve a mirar a la bestia de frente y salir indemne (por lo menos hasta el desafortunado final). Menos activo parece el otro rostro reseñable de la cinta, el de Ciarán Hinds, cuyo personaje tiene todas las trazas de haber sido mutilado en la sala de montaje en aras de no superar las tres horas de duración.
Con todo, y sin parecerse al filme de
George Stevens mas que en lo accesorio, y con una estrella en lugar de tres, el espectador se encuentra en muchos momentos ante un espejo sombrío de "
Gigante". Anderson chapotea a su antojo y nos salpica de cinefilia y petróleo, hasta que las manchas empiezan a adquirir el tono rojizo de la sangre y su criatura comienza a perder el pulso.
A la citada pérdida del personaje al que da vida Ciarán Hinds, que a la postre apenas llega a secundario, le suceden las concesiones que debe hacer el director para que su obra no se le vaya de las manos. El error más llamativo es la violencia tragicómica con la que se resuelve el final, con un Daniel Day-Lewis desbocado, que después de una interpretación impresionante se equivoca hasta de película. No es el único. A Anderson se le acaba el espacio y a la hermosa parsimonia de las primeras escenas le suceden unas prisas traicioneras por resolver los últimos años en cuatro apuntes. El cambio de ritmo es desproporcionado. Como suele suceder, ni el maquillaje convence. Sale uno del cine confundido, sin terminar de decidir si ha visto una gran obra o si las primeras dos horas eran un espejismo. Bendito espejismo, en cualquier caso, que firmarían con los ojos cerrados cineastas de renombre.
Capítulo aparte merece el título de la cinta. Del "Petróleo" de la novela al "Habrá sangre" ("There will be blood") con que bautizó Anderson su película hemos llegado a este "
Pozos de ambición" con que la distribuidora ha tenido la ocurrencia de estrenarla en España. ¿Por qué no cambiar también algunos diálogos en la versión doblada? ¿Quién se iba a enterar?